Habilidades Sociales

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Según Griffin y Van Fleet (2016) las habilidades sociales se refieren a la capacidad de la persona para llevarse bien con otros y para establecer relaciones positivas. En ese sentido la comprensión interpersonal implica la habilidad para escuchar, entender correctamente los pensamientos, sentimientos o preocupaciones de los demás aunque no se expresen verbalmente o se expresen parcialmente. Esta competencia mide la creciente complejidad y profundidad que supone entender a los demás; puede también incluir la sensibilidad intercultural.

No obstante, es imprescindible la comprensión de los valores, sentimientos, emociones, y pensamientos propios para poder realizar el salto al entendimiento de los otros. De ahí que resulta conveniente mirarse para descubrir aquellos pensamientos, sentimientos, etc. y poder realizar una actividad de entendimiento explicando el qué, el cómo y el por qué.

Ahora, esta competencia se relaciona en primer lugar con la capacidad para comprender las diferencias individuales, es decir, tener la suficiente disposición para descubrir, entender y aceptar que cada uno de los individuos es diferente en tanto se desarrolla con características genéticas distintas, en un contexto diferente y en una cultura, familia, o grupo distintos.

En ese sentido, recordemos que las personas tienen determinantes que van marcar a lo largo de sus vidas la personalidad que dirigirá sus acciones. Estos determinantes son (Hellriegel, 2004):

  • La herencia: es el conjunto de rasgos que están determinados previos al nacimiento, particularmente en el código genético del individuo. La herencia influye en la determinación de ciertos rasgos más que en otros y esto se hace evidente en las características físicas de la persona. La herencia no sólo proporciona las posibilidades del desarrollo y conducta, sino que es también la base de las diferencias individuales.
  • El entorno: el entorno o ambiente es otro de los factores que van a cumplir un rol esencial en el desarrollo de nuestras cualidades personales. El ambiente es el conjunto de estímulos provenientes del ambiente físico y social que afectan al sujeto. El ambiente incluye a su vez otros componentes:
  • La cultura en la que uno se desarrolla: cada cultura constituye sus propias normas, valores y maneras de accionar. La cultura es la forma característica en que poblaciones diferentes organizan su vida. Existe evidencia científica que demuestra el papel de la cultura en el desarrollo de la personalidad.
    • La familia: los padres, hermanos como otros integrantes de la familia des-empeñan un rol relevante en la formación de la personalidad. Asimismo, la situación de la familia, el nivel de educación, el número de hijos, el orden en el que uno ha nacido, etc.
  • La experiencia: los acontecimientos o eventos que cada persona vivencia son únicos y actúan como determinantes de la personalidad. Finalmente, la herencia, el ambiente y la experiencia actúan entre sí, en ese sentido, no hay ningún rasgo que sea exclusivamente hereditaria o exclusivamente ambiental.

Por otro lado, otro aspecto que marca una guía para descubrir las diferencias o semejanzas entre individuos y la comprensión tanto de sí mismos como de los demás, son los valores que cada persona ha desarrollado a lo largo de su vida. En ese sentido, los valores son los estándares deseados en base a los cuales se escogen entre las alternativas. Son convicciones básicas de un modo peculiar de conducirse o de estado final de la existencia (Rokeach, 1973).

En el área organizacional, los valores se consideran corno creencias que definen el éxito en términos concretos para los trabajadores de una compañía, las cuales se transforman en la filosofía de vida y profesional del ser humano (Sherman y Bohlander, 1994).

Los valores son relativamente duraderos y estables, pues se aprenden durante la infancia y se desarrollan durante toda la vida a través de las primeras relaciones con nuestros padres, hermanos, pares, escuela, etc. (Quinn, 1995).

Los valores se caracterizan por:

  • Durabilidad: los valores se reflejan en el curso de la vida. Existen valores que son más estables en el tiempo. Por ejemplo el valor del placer es más fugaz que el de la verdad.
  • Integralidad: cada valor es una abstracción íntegra en sí mismo, no es divisible.
  • Flexibilidad: los valores cambian dependiendo de las necesidades y experiencia de las personas.
  • Satisfacción: los valores generan satisfacción en las personas que los practican.
  • Polaridad: los valores se presentan en un sentido .positivo y otro negativo.
  • Jerarquía: existen valores que son considerados superiores como por ejemplo la dignidad o la libertad, y otros como inferiores por ejemplo los valores relacionados con las necesidades básicas. Las jerarquías se van construyendo progresivamente a lo largo de la vida.
  • Trascendencia: los valores trascienden el plano concreto, dan sentido y significado a la vida humana y a la sociedad.
  • Dinamismo: los valores pasan por un proceso de transformación constante.
  • Aplicabilidad: los valores se aplican en las diversas situaciones de la vida.
  • Complejidad: los valores obedecen a causas diversas, requieren complicados juicios y decisiones.

Ahora, existen valores agradables o desagradables, valores vitales, espirituales, religiosos, económicos, sociales, políticos, estéticos, etc. (Scheler, 1941 & Allport et al., 1951). En ese sentido, analizar y comprender los valores de cada ser humano y de cada organización ofrece la base para’ entender las actitudes, la motivación, la percepción de la vida, etc.; de ahí que la comprensión pueda lograrse no sin antes entender las bases que dirigen las acciones de uno mismo y de los demás.

Otro de los aspectos que se debe tomar en consideración cuando se habla de comprensión de uno mismo y de los demás es estudiar y aceptar los diversos estilos de vida de las personas. Los estilos de vida son patrones que caracterizan al individuo y dirigen su conducta o accionar. Un estilo de vida está conformado por valores, creencias, rasgos de personalidad, afectos, comportamientos que nos definen como personas brindándonos una dirección. De ahí que, cada estilo de vida es único y no es mejor ní peor que otro, por tal motivo el entenderlos y aceptarlos permite lograr un paso en la comprensión de uno y de los demás.

Un estudio realizado en el Perú revela la existencia de nueve estilos de vida diferentes entre los peruanos, entre los que se encuentran (Arellano, 2000):

  • Conservadores: son mayormente amas de casa.
  • Tradicionales: son machistas, poco modernos en su consumo.
  • Progresistas: son generalmente inmigrantes y buscan el progreso y la integración a la ciudad. Para ello, estudian y trabajan.
  • Sobrevivientes: son personas de ingresos bastante bajos.
  • Trabajadoras: mujeres relativamente jóvenes que buscan superación personal.
  • Adaptados: citadinos que buscan vivir con tranquilidad y a través de un trabajo fijo.
  • Afortunados: con estudios especializados y poseen niveles altos de consumo.
  • Emprendedores: son mayormente hombres, empresarios que se sienten satisfechos con los logros obtenidos.
  • Sensoriales: se preocupan por las relaciones sociales y la apariencia.

Entonces, el conocer y reconocer aquellos aspectos de uno mismo como los valores que dirigen nuestra vida, los aspectos de nuestra personalidad, el estilo de vida que tenemos, incrementan la capacidad de comprender a los demás y por tanto crecer y desarrollarse como personas integras.

De las variables analizadas anteriormente se deduce que para que las relaciones interpersonales sean saludables es necesario comprender el significado de la diversidad, es decir, aceptar y valorar que cada persona es diferente en tanto tiene una cultura, una educación, una personalidad, una nacionalidad, una creencia religiosa y política, una raza y una opción sexual propia. En ese sentido, resulta imperativo respetar a cada ser humano con todo lo que significa e incluirlo en la unidad de la organización.

Ello, asimismo, tiene relación con la habilidad de ponerse en la posición del otro, es decir, practicar la empatía. En la base de la comprensión, tanto de uno mismo como de los demás, está el proceso de desarrollo de la empatía, es decir, aquella habilidad personal, emocional, que consiste en la capacidad de comprender los sentimientos de los demás. Una persona que tiene esta capacidad facilita la comunicación interpersonal mediante la comprensión emocional del otro. Para ello, es imprescindible que el receptor sea capaz de percibir el feedback o retroalimentación que el otro emite y llegar a hacer efectiva la empatía.

La empatía ayuda a identificar y comprender los sentimientos, las decisiones y las acciones de los demás. La comunicación-interpersonal se hace más fácil y fluida al ponerse en su lugar y entender las situaciones por las que atraviesan (Laguarda, García, García & Rodríguez, 2004).

Con respecto a esta capacidad se dice que es muy relevante en la administración de la diversidad, pues los miembros de una organización o grupo sienten con frecuencia que sólo ellos pueden comprender los retos o problemas que enfrentan. Asimismo, el ser empático ayuda o favorece el afrontamiento de problemas de diverso tipo porque ayuda al ejecutivo a comprender el punto de vista de los trabajadores (Luthans, 2008).

La empatía requiere del análisis de uno mismo, del desarrollo de la sensibilidad en momentos en los que las ideas y sentimientos no son congruentes. Asimismo, se requiere leer las señales verbales como las no verbales, de la escucha atenta para identificar los sentimientos que se ocultan. Igualmente, de la tolerancia frente a los sentimientos negativos hacia las demás personas y de la escucha reflejo.

Efectivamente, la escucha tiene sus bases en la empatía, y es aquel intento de facilitar la expresión de ideas, sentimientos, emociones, etc., a través de escuchar atentamente, ayudando a analizar el problema sin dirigir su solución. La tarea no es hacer juicios o hablar, o aconsejar, sino más bien reflejar lo que se escucha, es decir, reformular la última idea o sentimiento expresado por la otra persona (Quinn, 1995).

Es importante tomar en consideración que, al escuchar, la probabilidad de identificar y resolver problemas aumenta, pues se requieren de información con este ‘fin. El costo de no escuchar puede resultar muy costoso, por ejemplo, se puede evitar rehacer cartas, reprogramar citas, devolución de productos, etc. Ahora, se requiere una escucha activa, es decir, una escucha intensa, con la meta de desarrollar empatía con el que habla, así como retroalimentando al orador y recapitulando lo que se dijo (Dubrin, 2008).

Esta escucha emplea preguntas abiertas como ¿puede decirme algo más?, ¿cómo así?, ¿cómo se sintió?, etc. es preferible no utilizar preguntas cerradas. Estas interrogantes ayudan a que la otra persona pueda descubrir por sí-misma su propio ser. Asimismo, la confianza y la comprensión interpersonal se incrementan con esta escucha; los problemas se resuelven con mayor eficacia y la comunicación mejora (Quinn, 1995).

Finalmente, la empatía, estrechamente relacionada con la capacidad de escuchar, es parte de lo que en la actualidad se conoce como el desarrollo de la inteligencia emocional. Así, la IE incorpora muchas habilidades y actitudes que se requieren para mantener relaciones interpersonales eficientes en el ámbito laboral (Dubrin, 2008).

De otro lado, los remas descritos anteriormente suponen la conciencia de uno mismo, de ahí que para desarrollarlos es conveniente desarrollar la aptitud de darse cuenta. El darse cuenta es aquella capacidad de todo ser humano que desarrolla para percibir lo que está sucediendo dentro de sí mismo y en el mundo que le rodea. Existe tres tipos de darse cuenta (Arbaiza, 2012):

  • Darse cuenta de sí mismo: está conformado por las sensaciones, sentimiento, emociones que se dan en el mundo interior. Este tipo de darse cuenta es en función de la manera de sentir y de la experiencia, es independiente de cualquier juicio de los demás.

Hoy en día, el hombre moderno presenta una carencia en su capacidad de darse cuenta de lo que está sintiendo y de sus necesidades verdaderas El preguntarse ¿qué estoy sintiendo?, ¿dónde lo estoy sintiendo? y ¿cómo lo estoy sintiendo?, son preguntas claves para ponerse en contacto con uno mismo y poder descubrir aquellos aspectos que hemos evitado por diferentes razones.

  • Darse cuenta del mundo exterior: el mundo externo se relaciona con lo que percibimos a través de los sentidos y que proviene de los objetos o acontecimientos que están más allá de uno mismo.
  • Darse cuenta de la zona intermedia o zona de la fantasía: esta zona incluye la actividad mental que escapa al presente. En ese sentido, toma en cuenta pasado y el futuro, así como las actividades del pensar, imaginar recordar, etc.

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