GEOPOLÍTICA

La geopolítica expone la dependencia de los hechos políticos con relación al suelo. Así la definió su sistematizador más avanzado, Karl Haushofer. Ciertamente, en el dinamismo de la historia el medio físico aparece como importante factor de los sucesos. De ahí que se haya afirmado que el territorio no es un concepto político neutro. Desde Aristóteles y Estrabón, se ha querido establecer una relación directa entre la posición y caracte­rísticas de un territorio y el dominio de los espacios cir­cundantes. La importancia del territorio como determi­nante de la trayectoria de un pueblo ha sido exaltada sobre todo por autores de proclividad imperialista, así co­mo en los medios académicos militares. La geopolítica y la geoestrategia han cobrado vigor, si bien declinan el entusiasmo fanático y las pretensiones científicas de ta­les disciplinas, que son válidas sólo parcialmente.

En gran parte por efecto de los estudios del genial geógrafo Ratzel, de fines del siglo pasado, y por las especulaciones del profesor Mackinder, surgió en el primer tercio de este siglo la Geopolítica, la cual estudia el dominio de los espacios y alcanzó rango independiente con Rudolf Kjellen, profesor de Teoría del Estado en la Universidad de Upsala. Después de veinte años de estudios, de viajes por el mundo y de meditaciones, Kjellen aban­donó la perspectiva puramente jurídico-constitucional y construyó un sistema de ciencia política, con énfasis en la concepción del Estado como un ente geográfico.

En verdad, la geografía política de Ratzel y de Brunhes, al haber proporcionado conocimientos cientí­ficos nuevos acerca de la relación del hombre con su me­dio, había puesto de relieve los valores espaciales que son connotación del Estado. Exagerándolos, sostuvo Ru­dolf Kje4len que el Estado es un organismo vivo,el cual nace, se desarrolla y muere de conformidad con las leyes biológicas. Afirmó que el Estado se nos presenta “como un fenómeno profundamente enraizado en realidades his­tóricas y fácticas y engendrado por un proceso orgánico, del mismo tipo fundamental que el hombre individual, en una palabra, como una manifestación biológica o un ser viviente”.  Los Estados son seres sensibles y raciona­les, al igual que los hombres. Invocando el dicho de Pla­tón de que la ciudad es un hombre en grande, lo que debe entenderse sólo como una analogía, Kjellen atribuyó al Estado un comportamiento humano, sometido en todo a las leyes de la vida.

Definió la geopolítica como la ciencia del Estado en cuanto organismo geográfico y, especialmente, orga­nismo de poder. Acertó al observar que cl elemento Po­der en el Estado se manifiesta con gran vigor en lo ex­terno, cuando se enfrenta o relaciona con otros Esta­dos en una lucha por la existencia. Es entonces más clara su actividad como conjunto supraindividual, que tanto lo asemeja a un ser vivo. De esta comprobación dedujo que el Estado es en parte derecho y en parte naturaleza, lo que significa caer en un bio-organicismo y admitir que, en sus pretensiones de poder, el Estado se halla más allá del bien y del mal. Sin duda, en su estrategia inter­nacional todo Estado es protagonista dialéctico, o sea opuesto a sus antagonistas; la necesidad de subsistir le hace olvidar las leyes internacionales y esfuma las esen­cias jurídicas que el Estado respeta en lo interno. Pero la opinión pública universal condena la perfidia, la crueldad innecesaria, la regresión a la barbarie. Existe una conciencia moral de la que son declarativas las reglas convenidas para humanizar la guerra y para calificar las agresiones.

Kjellen acepta la validez del derecho internacional, pero considera que ella se torna precaria cuando se de­sata la lucha armada. “Ninguna experiencia en la histo­ria es más obvia que el hecho de que el derecho en la tie­rra y en el mar significa relativamente poco cuando las potencias saben que sus intereses vitales peligran”. En su obra “El Estado como forma de vida”, sostiene que el territorio es un integrante del Estado y no meramente su asiento espacial. La forma de vida del Estado es la del árbol, que permanece y muere en su sitio. Reconoce que el Estado trasciende la esfera de los organismos ve­getales y animales por su capacidad de establecer víncu­los espirituales, pero afirma que comparte con ellos la relación con un suelo nutricio. Por eso, su expansión es crecimiento y no movilidad.

La virtualidad mayor de la doctrina de Kjellen es­triba en haber atribuido a la política exterior una evi­dente primacía sobre la política interna.

Antecedente remoto de la geopolítica es la afirma­ción que hizo un militar prusiano, von Bullow, en la época de las guerras de la Revolución Francesa, sosteniendo que las guerras eran debidas al deseo de los grandes Es­tados de alcanzar sus fronteras naturales. Además, sos­tuvo que, al par de la estrategia militar, existía una estrategia política. La lucha por la expansión territorial, dijo von Treitschke en 1879, se origina en la necesidad de contar con un espacio vital o lebensraum, afirmación que llevaría al eminente geógrafo Ratzel a sostener, po­cos años después, que “un gran espacio mantiene la vida”.

El precursor directo de la geopolítica fue el profe­sor británico Halford Mackinder, quien consideró que los tres continentes unidos, Europa, Asia y África, for­man una Isla Mundial, rodeada de océanos. El conjun­to de los tres continentes, al que llamó Eurasia, habrá de ser dominado por quien domine el corazón de la tierra, o sea, la vasta región formada por el Este de Europa y el Norte de Siberia. Dicha región queda comprendida dentro de un triángulo; el lado izquierdo está formado por una línea que une el Mar Báltico con el Mar Negro y los otros dos lados convergen al extremo oriental de Siberia, en la costa del mar Ártico.

De esta amplia base física hizo Mackinder el instrumento del poder sobre el mundo, el pivote de los acontecimientos y la región de origen de las grandes migraciones humanas que poblaron la tierra. Igualmente, sostuvo que el Atlántico Norte es la clave del poderío marítimo. La teorización de Mackinder, aunque brillante, se basaba en una visión planisférica, que deforma grandemente la realidad geográfica por efecto de la proyección de Mercator. Con todo, hemos de reconocer la coincidencia de que las dos superpoten­cias actuales son precisamente aquéllas que ejercen do­minio sobre el espacio terrestre y sobre la cuenca marí­tima señaladas por el profesor de Oxford como pivotes de la historia.

La geopolítica fue llevada a su extremo más agre­sivo por un general alemán, diplomado de Estado Ma­yor, Karl Haushofer, creador de la llamada Escuela de Munich, el cual había sido comisionado para estudiar los fundamentos geográficos de una política de dominio mundial. Durante largos años, estudió la problemática del Lejano Oriente, sobre todo del Japón, y en base a ella ideó toda una construcción guerrera de aspecto científico.

Desarrolló su teoría en Munich, foco del nacional-socialismo, ciudad en donde había enseñado muchos años antes el eminente geógrafo Ratzel y en la que vivían el filósofo Spengler y el Mariscal Ludendorff. Pro­fundizando en la Teoría del Estado, la escuela de Haushofer señala la existencia de “una comunidad vital indisociable” entre el hombre y el ámbito geográfico en que vive. Sus ideas sobre la unidad “sangre-suelo”, so­bre autarquía económica e economía de defensa y sobre la fórmula de la guerra total, alentaron los nacionalis­mos agresivos, especialmente el pangermanismo. Los principios fundamentales consistieron en valorizar el es­pacio vital de cada pueblo, su raza y la forma del terri­torio y de sus fronteras, así como la topografía y los recursos naturales. Sostuvo que la estructura de la eco­nomía en tiempo de paz debe ser tal que facilite su adap­tación a una economía de guerra.

El paneslavismo, que ha llevado a la URSS a conti­nuar la expansión trazada desde Pedro el Grande, culmi­nándola con la satelización de Europa Oriental, coincide con la tesis del espacio vital. La influencia rusa en el Mediterráneo y el Golfo Arábigo ensancha la órbita.

Aunque la geopolítica es instrumento seudocientí­fico de agresión, no dejan de ser numerosos los cultores de tal disciplina estratégica. Inclusive, algunas expresio­nes consagradas en el siglo pasado, como las de “un des­tino manifiesto” o “la marcha hacia el Oeste”, encie­rran un evidente determinismo geográfico. Bowman, Spylman y Huntington, vinculados a la Universidad de Yale, han hecho valiosas observaciones acerca de la relación que tienen la geografía y la política de poder. En la actualidad, la geoestrategia polar, basada en los medios de lucha moderna y en el hecho de ser la región ártica una zona de contacto aéreo entre las dos grandes potencias mundiales, es objeto de serios estudios.

Hace pocos años, la geoestrategia recibió una aportación interesante con la obra del general André Beaufre, intitulada “Introducción a la Estrategia”, que trata de la necesidad de concebir una estrategia total, planteada en cuatro ámbitos o dominios: político, económico, di­plomático y militar. Para Beaufre resulta incompleta una consideración estrictamente militar de la estrategia; ésta ha dejado de ser un feudo profesional de la Fuerza Ar­mada, si bien su componente militar continúa siendo muy importante. Al mostrar el mecanismo de los conflictos, las guerras vicarias en que naciones secundarias se de­sangran con apoyo de las superpotencias, la sustitución de la guerra general por una lucha constante de tono menor, las posibilidades de la acción sicológica y de la lucha de guerrillas, así como la unidad de la estrategia total, con su doble vertiente militar y diplomática, el pe­queño libro de Beaufre ha innovado las concepciones tradicionales y refleja apreciable ciencia política.

En último análisis, la geopolítica resulta valiosa solamente en cuanto estudia las leyes o tendencias que rigen el dinamismo de los Estados en grandes espacios geográficos. Su idea de las “panregiones” ha devenido aplicable, con miras a una remota federación política, en aquellas áreas regionales que han formado asociación de mercados. Así sucede con el Mercado Común Europeo (Alemania Occidental, Francia, Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo, ampliado luego a Gran Bretaña, Irlanda y Dinamarca) y el COMECON (Unión Soviética y los países de su órbita inmediata). El Grupo Andino ofrece perspectivas de viabilidad similares.

El determinismo geográfico yerra, como todo determinismo, al no tomar en cuenta la naturaleza variable de las situaciones y la importancia de cada momento sicológico-social. Profetizar trazando previsiones en base a lo situacional es muy aventurado, puesto que las accio­nes humanas no están sujetas a factores fatales, sino que responden a esencias ideológicas, a motivaciones inconstantes y a muchos agentes circunstanciales. Por ello se ha dicho irónicamente que no cabe equiparar la futuro­logía con la cibernética.

Si a ello agregamos la reciente exploración del espacio cósmico y el hecho de que ya no existen territorios que constituyan zonas de vacío político, así como la expansión de ideologías activas con alcance ultraregional, comprobamos que la geopolítica, tan importante hace dos o tres décadas, es válida sólo parcialmente. Las ten­siones sociales y los marcos neo-imperialistas han creado otras zonas de enfrentamiento y de fricción.

Por sus exageraciones doctrinarias, que estimularon las guerras y los imperialismos, la geopolítica entró en declinación en los medios académicos y universitarios después de la segunda guerra mundial. Pero contiene sugestiones de gran interés y desarrolla conceptos aplicables a la promoción de los pueblos. En todo estudio que aspire a ser totalizador, los conceptos geopolíticos mantienen importancia, si bien carecen de la validez absoluta que se les pretendió dar. Sigue siendo innegable que el asiento territorial de un Estado es resultado de la acción histórica del poder y que la inviolabilidad del territorio es un factor esencial de seguridad.